Historia de la Basílica
Un poco de historia - El Santo
Niño - Mártires del Siglo XX
La imagen de la Virgen de Atocha
Digamos unas palabras sobre la imagen de Nuestra Señora de Atocha. Hasta hace escasamente
15 años, desde los tiempos en que triunfó la costumbre impuesta antiguamente de
vestir a las imágenes, la de Atocha, vestida y cubierta toda la talla con rico ropaje,
a excepción de caras y manos, aparentaba ser una imagen altísima, del tamaño casi
de una persona; en la actualidad, despojada de las vestiduras que la desfiguraban,
la imagen aparece tal como es, sentada en un trono símbolo de realeza y cátedra
de sabiduría, y su altura no llega a los 60 centímetros desde lo alto de la corona
hasta el plano donde asienta los pies.
Tal como ahora la veneramos fue como debió estar en los primeros siglos en que recibió
culto en Madrid, hasta que la piedad de las gentes movidas por los milagros o en
acción de gracias por los beneficios obtenidos por su mediación, hizo que empezaran
a regalar a las imágenes de la Virgen joyas, adornos, vestidos y mantos. De estos
últimos tuvo una gran colección muy valiosa la Virgen de Atocha; regalos todos ellos
de las reinas de España que tornaron por costumbre piadosa donar a la Virgen sus
galas de novia. Hoy todavía se conserva entre otros, el manto de terciopelo rojo
y armiño, cuajado de castillos y leones bordados en oro, regalo de Isabel II, que
luce la imagen en las grandes solemnidades. La imagen de Atocha es de madera, muy
dura e incorruptible. La figura está sentada (como hemos dicho) como queriendo afirmar
con esta postura su magisterio sobre la Iglesia a la muerte de su divino Hijo. Al
lado izquierdo y formando parte de la misma talla, tiene un Niño pequeño al que
ofrece una manzana con la mano derecha. El niño no parece mirar la manzana y tiene
levantada su diestra en actitud de bendecir al pueblo, extendidos sus dedos índice
y anular y doblados los restantes sobre la palma de la mano; disposición que, siendo
uso general en los primeros siglos de la Iglesia Universal, se guarda con esmero
hoy en la de Oriente y se observa en estatuas, mosaicos y pinturas murales de los
artistas bizantinos, hasta que llega por fin a propagarse en las regiones del mediodía
de Europa, penetrando más tarde en nuestra península.
El rostro de la Virgen, debido a su antigüedad, es moreno oscuro, casi negro. Los
ojos son grandes y rasgados, majestuosos, alegres y risueños, pero llenos de compostura
y suma honestidad. Alargado el rostro, más de lo que pedía la proporción aceptada
por la escultura griega y coronadas las sienes por la característica y maltratada
corona, el conjunto nos revela sin gran esfuerzo que la estatua de la Virgen de
Atocha es fruto de un arte en decadencia.